COMENTARIO

 Salmo 8 

El salmo anterior terminaba con el propósito de alabar el «Nombre del Señor» (cfr Sal 7,18). Ahora se cumple ese propósito, fijando la atención en su primera gran obra: la creación, y, más en concreto, la creación del hombre. En la sucesión de los salmos, Sal 8 es el punto culminante de la oración iniciada en Sal 3. Tras las súplicas, la oración se despliega en alabanza.

El poema se abre con el reconocimiento ante Dios de su grandeza en la tierra y en el cielo (v. 2). A continuación proclama la forma en que Dios manifiesta su gloria: primero, mostrando su poder por medio de lo humanamente débil (v. 3); después, cuidándose del hombre y otorgándole una dignidad semejante a la suya (vv. 4-9). Concluye con el mismo reconocimiento de la gloria de Dios con el que comenzaba (v. 10).

Este salmo se cumple plenamente en Jesucristo: Él recibió, como Dios, la alabanza de los niños (cfr v. 3), Él ha sido coronado de gloria y esplendor en la resurrección (cfr v. 6), y a Él le han sido sometidas todas las cosas, incluso la muerte (cfr v. 7). Al rezar este salmo, el cristiano proclama la grandeza de la dignidad humana recuperada en Jesucristo.

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