COMENTARIO
También en la tierra y en la historia hace Dios brillar su gloria cuando es reconocido y alabado por los que son débiles —los pequeños y los niños de pecho— y de esa forma vence la obcecación de quienes rechazan o rehúsan someterse a Él y a su voluntad. Sus planes se van cumpliendo en la historia a través de personas socialmente insignificantes, como lo era David en sus comienzos, o a través de un pueblo políticamente sin relieve, como lo era Israel. Jesús aplicó las palabras de este versículo a los niños que, cuando él entró en Jerusalén, gritaban: «Hosanna al Hijo de David» (Mt 21,15-16). La alabanza a Dios expresada en este salmo la realiza el cristiano alabando al mismo tiempo a Jesucristo: «Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo». La Iglesia utiliza este salmo en la celebración litúrgica de la solemnidad de la Santísima Trinidad.