COMENTARIO
El interrogante inicial está motivado por el aparente silencio de Dios ante las injusticias y atropellos que sufre el salmista. Como glosa Santo Tomás de Aquino: «“Al no castigar a los que nos afligen, parece que Tú nos desprecias”. (…) Parece que el Señor duerme cuando permite que los justos sufran» (Postilla super Psalmos 9,22 y 33). Ante el acoso del pecado y del mal, el cristiano se dirige a Dios con un sentimiento similar al expresado en este versículo: «Imaginamos que el Señor no nos escucha, que andamos engañados, que sólo se oye el monólogo de nuestra voz. Como sin apoyo sobre la tierra y abandonados del cielo, nos encontramos. (…) Es la hora de clamar: acuérdate de las promesas que me has hecho, para llenarme de esperanza; esto me consuela en mi nada, y llena mi vivir de fortaleza» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, nn. 304-305).