COMENTARIO

 Sal 11,4-6 

En la situación descrita, el salmista cuenta, sin embargo, con la presencia del Señor en el Templo, estando a la vez el Señor en los cielos (cfr Sal 8,2), desde donde ve y juzga todas las acciones de los hombres. Desde allí envía a los impíos su castigo que ahora no es descrito con imágenes de algo que puedan hacer los hombres —espada, flechas y dardos (cfr Sal 7,13-14)— sino como algo que sólo Dios puede realizar, algo que baja del cielo, como en el castigo de Sodoma y Gomorra (v. 6; cfr Gn 19,24). Tal es la suerte —«porción de su copa» (v. 6)— que espera a los impíos.

Apoyándose en la literalidad del v. 4, y trasponiéndolo a la presencia de Dios en el cristiano, comenta San Jerónimo: «Cuando el trono del Señor está en el cielo (…) está colocado solamente en una parte del cielo; en cambio, cuando el trono del Señor es el cielo (cfr Is 66,1), todo el cielo es trono del Señor. De aquí que por elevación el Señor que habita en su Templo santo, es decir, en el alma del creyente, o la habita parcialmente o la ocupa totalmente. Cuando somos todavía imperfectos, y en nosotros se encuentran todavía cosas buenas y malas, Dios habita sólo parcialmente en nuestra alma, es decir, en su cielo. Pero, cuando alcanzamos la perfección plena, somos transformados completamente en lugar donde Dios habita, y somos así el cielo que es su trono. Propiamente, sin embargo, sólo Nuestro Señor y Salvador es el Templo de Dios» (Breviarium in Psalmos 10,5).

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