COMENTARIO
El aparente silencio de Dios aducido por los impíos ya ha sido mencionado en los salmos anteriores (cfr Sal 10,4.11), y también el deseo del creyente de gozar de la salvación divina (cfr Sal 9,15). Ahora el salmista reconoce ese silencio divino, muestra su aflicción por ello y pide angustiosamente al Señor que lo rompa (vv. 2-4); al mismo tiempo, manifiesta que ya goza de la salvación (v. 6).
La oración se inicia con una pregunta apremiante dirigida a Dios, y repetida cuatro veces, en la que se urge la intervención divina por tres motivos: su aparente olvido del hombre, el sufrimiento de éste en la enfermedad y el riesgo inminente de ser vencido por sus enemigos (vv. 2-3). Sigue la súplica pidiendo, en el mismo orden, que Dios se manifieste, que libre al orante de la enfermedad y la muerte, y que no triunfe sobre él su enemigo (vv. 4-5). Termina con el reconocimiento por parte del salmista de que ya ha sido salvado (v. 6). La brevedad y la perfecta construcción de este salmo hace de él un ejemplo típico de lamentación individual. El nombre del Señor aparece tres veces dominando cada una de las partes del salmo.
Este salmo invita al lector cristiano a hacer suyo el grito: «¿Hasta cuándo, Señor?». Es un grito que elevan a Dios a lo largo de la historia los que padecen la persecución y el martirio a causa de su fe: «Cuando abrió el quinto sello, vi debajo del altar a las almas de los inmolados a causa de la palabra de Dios y del testimonio que mantuvieron. Clamaron con gran voz: “¡Señor santo y veraz! ¿Para cuándo dejas el hacer justicia y vengar nuestra sangre contra los habitantes de la tierra?”» (Ap 6,9-10). Con ese mismo apremio la Iglesia pide la pronta venida del Señor (cfr Ap 22,17-20; 1 Co 15,23).