COMENTARIO
Los hombres, hijos de Adán, que se jactan de su fuerza (cfr Sal 9,20) y no reconocen a Dios (cfr Sal 10,11), se apoyan en su propia mentira (cfr Sal 12,4-5) y arguyen al creyente con el silencio de Dios (cfr Sal 13,2.5). Ahora ésos son presentados no sólo como impíos, sino como necios y faltos de conocimiento (Sal 14). Culmina así la oración que brota ante la falta de religiosidad que rodea al salmista, puesta en vivo contraste con la grandeza de la dignidad humana cantada en Sal 8.
La reflexión tiene el siguiente esquema: se inicia con una lamentación o queja sobre la necedad humana que no reconoce a Dios, comprobada por el salmista y por Dios mismo (vv. 1-3); sigue la recriminación por esa conducta que podría y debería evitarse con un sano razonamiento (vv. 4-6); y concluye con una afirmación de esperanza sobre la suerte del pueblo elegido (v. 7). El mismo salmo se encuentra repetido más adelante con ligerísimas variaciones (cfr Sal 53).
La misma «necedad» humana que contempla este salmo es la que San Pablo entiende que existe en la sociedad de su tiempo y en toda época, cuando los hombres «habiendo conocido a Dios no le glorificaron como Dios ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos y se oscureció su insensato corazón: presumiendo de sabios se hicieron necios» (Rm 1,21-22).