COMENTARIO
La contraposición entre el necio que dice: «No hay Dios» (v. 1), y el sensato —sabio— que «busca a Dios» (v. 2) desarrolla la ya establecida en Sal 1 entre el impío y el justo. El pensamiento del necio: «No hay Dios», va inseparablemente unido, según el salmista, a su conducta: «No hay quien haga el bien» (vv. 1.3). Más que negar teóricamente la existencia de Dios, el razonamiento del «necio» discurre en el sentido de que Dios no se ocupa de los asuntos humanos ni se fija en la conducta del hombre. Queda denunciado el ateísmo práctico que dominaba —y que domina— la sociedad. De ahí que San Pablo transcriba las palabras de este salmo (vv. 1-3) cuando describe la situación de la humanidad alejada de Dios (cfr Rm 3,10-12). «La adoración es la primera actitud del hombre que se reconoce criatura ante su Creador. Exalta la grandeza del Señor que nos ha hecho (cfr Sal 95,1-6) y la omnipotencia del Salvador que nos libera del mal. Es la acción de humillar el espíritu ante el “Rey de la gloria” (Sal 14,9-10) y el silencio respetuoso en presencia de Dios “siempre mayor” (S. Agustín, Sal 62,16). La adoración de Dios tres veces santo y soberanamente amable nos llena de humildad y da seguridad a nuestras súplicas» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2628).