COMENTARIO

 Sal 15,2-5 

Las condiciones para habitar en el Templo no son la pureza ritual o los sacrificios que se ofrecen, sino unas exigencias morales de conducta recta y honrada con el prójimo, tal como establecía la Alianza de Dios con su pueblo (cfr Ex 20,1-17), y recordaba la tradición profética (cfr Is 1,10-17; Jr 7,2-7; Ez 18,5-9; Os 6,6; Am 5,14-15; etc.). El hombre que cumple esas condiciones se hace grato al Señor y encuentra, por tanto, la firmeza y seguridad en su vida.

Este salmo culmina en la vida de nuestro Señor Jesucristo que enseñó que el amor a Dios no se puede separar del amor al prójimo: «De su unidad inseparable da testimonio Jesús con sus palabras y su vida: su misión culmina en la Cruz que redime, signo de su amor indivisible al Padre y a la humanidad. Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento son explícitos en afirmar que sin el amor al prójimo, que se concreta en la observancia de los mandamientos no es posible el auténtico amor a Dios. San Juan lo afirma con extraordinario vigor: “Si alguno dice: ‘Amo a Dios’, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve” (1 Jn 4,20)» (S. Juan Pablo II, Veritatis splendor, n. 14).

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