COMENTARIO
Estos versículos, que comienzan con una alabanza–bendición a Dios, expresan los bienes que de Él recibe quien le sirve en exclusividad: ser guiado por Él en todo momento, hallar en Él la seguridad, la alegría y la salud.
Entendiendo que es Jesucristo quien habla en el salmo, el v. 9 sirvió a los Santos Padres para reafirmar que resucitó con el mismo cuerpo que tenía en su vida mortal: «Ya que algunos sostienen de varias maneras que, como el Señor entró con las puertas cerradas (Jn 20,19), no resucitó con el mismo cuerpo que había muerto, escuchemos que el Señor mismo en el salmo recuerda: Hasta mi carne habitará en la esperanza (Sal 16,9). Sin duda, tras la muerte y la resurrección del Salvador, aquel cuerpo que estuvo vivo fue depositado en el sepulcro; en consecuencia resucitó el mismo cuerpo que había sido puesto exánime y sin vida en el sepulcro. Pero si resucitó el cuerpo idéntico, ¿cómo es que algunos sostienen que el Señor ha resucitado en una especie de cuerpo espiritual y poderoso, pero no el nuestro? Nosotros no pensamos esto; sería como negar que el cuerpo de Cristo se ha revestido de aquella gloria que, como creemos, también un día recibirán los santos» (S. Jerónimo, Breviarium in Psalmos 15,10).