COMENTARIO
La experiencia personal de Dios (v. 9) lleva a dirigirse nuevamente a Él manifestándole la esperanza de ser librado de la muerte y colmado de alegría por el cumplimiento de la Ley y por la dedicación a su servicio (vv. 10-11). Las palabras del v. 10 son interpretadas por la versión griega de los LXX como liberación de la corrupción del sepulcro tras la muerte, es decir, en el sentido de resurrección. Así fueron comprendidas también por los Apóstoles que vieron profetizada en ellas la resurrección de Jesucristo, argumentando que si eran palabras de David —como se consideraban todos los salmos— y David estaba muerto, tenían que referirse a alguien distinto de David: a Jesucristo. «Hermanos, permitidme que os diga con claridad que el patriarca David murió y fue sepultado, y su sepulcro se conserva entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta, y sabía que Dios le había jurado solemnemente que sobre su trono se sentaría un fruto de sus entrañas, lo vio con anticipación y habló de la resurrección de Cristo, que ni fue abandonado en los infiernos ni su carne vio la corrupción» (Hch 2,29-31; cfr Hch 13,35). Orígenes refería las palabras: «No abandonarás mi alma en el sheol» (v. 10) al descenso de Cristo a los infiernos y a su resurrección (cfr Orígenes, In Evangelium Ioannis 1,220).
Santa Teresa de Jesús recogió magníficamente los sentimientos contenidos en este salmo al escribir: «Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta» (Poesía 30).