COMENTARIO
La tercera parte del salmo es una imprecación contra los enemigos descritos al final de la segunda (vv. 10-12). El salmista deja el castigo de aquéllos en manos de Dios, renunciando así él a cualquier violencia por su parte (vv. 13-14a), y pone en contraposición la suerte —«lote»— de aquéllos, reducida a los bienes materiales de este mundo (v. 14b), con la suya personal que consiste en «contemplar el rostro» de Dios (v. 15). Las últimas palabras del salmo «al despertar…» pueden ser entendidas en sentido propio —al llegar la mañana— como en Sal 3,6; 5,4, o en sentido metafórico —despertar de la muerte— como en Dn 12,2; Is 26,19. En cualquier caso, igual que en Sal 16,10, manifiestan la esperanza de que el bien supremo del hombre trasciende los bienes de este mundo y está en la contemplación gozosa de Dios. Sólo Éste puede «saciarle», porque «la razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 19).