COMENTARIO
El salmista no sólo reconoce la grandeza de Dios al contemplar el firmamento (cfr Sal 8,4), sino que además proclama, en lenguaje poético, que también la reconoce toda la tierra (v. 5a), porque la gloria divina se manifiesta continuada y silenciosamente a través de la sucesión de los días y las noches (v. 3). San Pablo, entendiendo que la voz del Señor es el Evangelio, aplica a los judíos que no quisieron aceptarlo las palabras del v. 5: «Pero yo digo, ¿es que no oyeron? Todo lo contrario: A toda la tierra llegó su voz» (Rm 10,18). Por eso quienes no reconocen a Dios no carecen de culpa.