COMENTARIO
Alguien —quizá el mismo rey o el sacerdote— pronuncia un oráculo de salvación asegurando el auxilio de Dios desde el cielo (v. 7) en respuesta a la petición que se hace desde el Templo (v. 3; cfr 1 R 8,30-35). Y, a modo de comentario al oráculo, el pueblo —o quizá el ejército— da testimonio de haber salido vencedor gracias a la invocación del Señor (vv. 8-9); su fuerza y su confianza no estaban puestas en los medios humanos —carros y caballos—, sino en la oración. El paralelismo antitético en los vv. 8-9 resalta con fuerza las distintas actitudes y sus efectos. Acomodando el salmo a la vida cristiana, comenta San Agustín: «Unos ponen su confianza en ser arrastrados por el éxito voluble de los bienes temporales, y otros la ostentan en los deslumbrantes honores, engriéndose con ellos. Pero nosotros nos gozaremos en el nombre del Señor, Dios nuestro: nosotros, afianzando la esperanza en las cosas eternas, sin buscar nuestra gloria, nos alegraremos en el Nombre del Señor» (Enarrationes in Psalmos 19,8).