COMENTARIO
Después de una serie de salmos en los que aparecían de un modo u otro las victorias del rey (cfr Sal 18; 20; 21), ahora se recoge la súplica y lamentación de un hombre que sufre, como sucedía en Sal 17. En Sal 22 el sufrimiento personal del orante viene expresado con imágenes de tal viveza que hacen de este salmo una de las oraciones de súplica más impresionantes del Salterio. Sólo Sal 69 tiene un tono parecido.
Abarca dos momentos: uno de lamentación y súplica a Dios de que no esté lejos (vv. 2-22); otro de acción de gracias e invitación a alabar al Señor porque ha salvado al mísero (vv. 23-32). La súplica–lamentación comienza con un grito confiado de petición de auxilio (vv. 2-3), al que siguen el recuerdo de lo que Dios hizo en otro tiempo por Israel (vv. 4-6), el lamento por la actual situación de desgracia personal del salmista (vv. 7-9), y la consideración de lo que Dios ha hecho por él en su nacimiento (vv. 10-11). Así desemboca en la petición como tal (v. 12), presentada por el orante desde la opresión que sufre por parte de los que le rodean (vv. 13-14), desde el dolor de su propia enfermedad (vv. 15-16) y desde el despojo que ha sufrido por parte de aquéllos (vv. 17-19). Desde ese estado reitera su petición de auxilio, liberación y salvación (vv. 20-22). A partir de aquí la oración adquiere el carácter de acción de gracias. El salmista manifiesta a Dios su propósito de alabarle e invita a todo el pueblo a unirse a su alabanza, exponiendo el motivo (vv. 23-25); después reconoce ante Dios que Él es quien le inspira, y proclama la forma en que Dios actuará con los pobres (vv. 26-27), con las naciones (vv. 28-29), con los ricos y autosuficientes (v. 30) y con la propia descendencia del salmista (vv. 31-32).
Nuestro Señor Jesucristo pronunció las primeras palabras de este salmo cuando estaba clavado en la cruz —Eloí, Eloí, ¿lemá sabactaní? (Mc 15,34; Mt 27,46)—, y manifestó que hacía suyos los sentimientos de confianza en Dios encerrados en esta oración. El salmo adquiere así un valor excepcional en cuanto que, por una parte, podemos ver en él prefigurados los sentimientos de Jesús; y, por otra, nos permite acercarnos un poco más al modo en que Jesús vivió su muerte y al significado que tiene para nosotros. Al narrar la muerte del Señor los evangelistas han querido poner de relieve que entonces se cumplieron las palabras de este salmo. Si, ciertamente, de la letra misma del salmo no puede deducirse con certeza quién es el que sufre y las circunstancias de su sufrimiento, desde el Nuevo Testamento se aclara que el salmo expresa los sufrimientos de Jesús en la cruz, e invita a quien lo reza a unir a ellos los suyos propios. La Iglesia emplea este salmo en la misa del Domingo de Ramos —tras la lectura del profeta Isaías acerca del siervo sufriente (Is 50,4-7)— y entre los salmos del viernes de la Liturgia de las Horas.