COMENTARIO

 Sal 22,17-19 

Como víctima de una cacería, el salmista se siente acorralado y herido —«han taladrado» puede entenderse también como «han atado»— en sus manos y en sus pies, e incapaz ya, por tanto, de defenderse o huir (v. 17). Las heridas dejan todos los huesos de su cuerpo al descubierto (cfr Jb 19,20; Sal 69,27) y los enemigos le consideran ya muerto, por lo que se reparten sus vestidos (vv. 18-19). En el caso de Jesús, los síntomas previos a la muerte (v. 16) le hacen gritar: «Tengo sed» (Jn 19,28; cfr Mt 27,48; Mc 15,36; Lc 23,36). Sus manos y sus pies (v. 17) fueron taladrados al ser crucificado, y sus ropas repartidas, echando a suertes su túnica (v. 19; cfr Mt 27,35; Mc 15,24; Lc 23,34; Jn 19,23-24).

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