COMENTARIO

 Sal 22,31-32 

En cualquier caso el salmista termina su oración mirando al futuro: la alabanza (o el culto) al Señor continuará en las generaciones siguientes y en el nuevo pueblo que va a surgir.

Los Santos Padres recurren a este salmo en multitud de ocasiones, pues, al asumir los sentimientos expresados en él, Jesús muestra su condición humana, al mismo tiempo que es Dios: «Manténgase vigilante nuestra fe; comprenda que aquel al que poco antes contemplábamos en la condición divina aceptó la condición de esclavo, asemejado en todo a los hombres e identificado en su manera de ser a los humanos, humillado y hecho obediente hasta la muerte; pensemos que incluso quiso hacer suyas aquellas palabras del salmo, que pronunció colgado de la cruz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Por tanto, es invocado por nosotros como Dios, pero Él ruega como siervo; en el primer caso, le vemos como creador, en el otro como criatura; sin sufrir mutación alguna, asumió la naturaleza creada para transformarla y hacer de nosotros con Él un solo hombre, cabeza y cuerpo. Oramos, por tanto, a Él, por Él y en Él, y hablamos junto con Él, ya que Él habla junto con nosotros» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 85,1).

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