COMENTARIO

 Sal 23,5-6 

Tras reconocer la protección del Señor, se pasa a agradecerle sus beneficios: ha hecho al salmista su huésped, le ha ungido y le ha colmado de bienes (v. 5). Por eso el orante continúa exponiendo a Dios su seguridad en seguir gozando de los bienes de la Alianza —bondad y misericordia (cfr Sal 6,5)— y en seguir visitando el Templo durante largo tiempo (cfr Sal 15,1).

A la luz de la proclamación que Jesús hace de sí mismo como Buen Pastor, los sentimientos y las palabras del salmista puede hacerlas suyas todo aquel que cree en Él y en su obra redentora: «Y, del mismo modo que el pastor, cuando ve a sus ovejas dispersas, toma a una de ellas y la conduce donde quiere, arrastrando así a las demás en pos de ella, así también el Verbo de Dios, viendo al género humano descarriado, tomó la naturaleza de esclavo, uniéndose a ella, y, de esta manera, hizo que volviesen a Él todos los hombres y condujo a los pastos divinos a los que andaban por lugares peligrosos, expuestos a la rapacidad de los lobos. Por esto, nuestro Salvador asumió nuestra naturaleza; por esto, Cristo, el Señor, aceptó la pasión salvadora, se entregó a la muerte y fue sepultado: para sacarnos de aquella antigua tiranía y darnos la promesa de la incorrupción, a nosotros, que estábamos sujetos a la corrupción. En efecto, al restaurar, por su resurrección, el templo destruido de su cuerpo, manifestó a los muertos y a los que esperaban su resurrección la veracidad y firmeza de sus promesas» (Teodoreto de Ciro, De incarnatione Domini 28).

Este salmo es recitado en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús para expresar la bondad y la misericordia de Dios manifestada en la humanidad de Cristo (cfr v. 6) y en la festividad de Cristo Rey como reconocimiento de que es Él quien guía y protege a la Iglesia (cfr v. 2).

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