COMENTARIO
Si en el salmo anterior el salmista reconocía su pecado y pedía perdón (cfr Sal 25,7.11.18), en éste presenta a Dios su inocencia y pureza de corazón; tales eran las condiciones requeridas en Sal 24,4 para entrar en el Templo y recibir la bendición del Señor. Sólo se es plenamente inocente cuando el Señor perdona (Sal 25); pero el hombre puede presentar ante Él su propia y legítima conciencia de inocencia, sin que equivalga a una autojustificación arrogante. En definitiva, se deja al Señor, cuya gloria está en el Templo (cfr Sal 24,7; 26,8), el hacer justicia (cfr Sal 24,5; 26,1).
El autor inicia su súplica pidiendo al Señor que juzgue y examine su conducta y sus sentimientos (vv. 1-2); después, los expone ante Dios aduciendo un recto proceder (vv. 3-8), y concluye implorando no correr la misma suerte que los pecadores y prometiendo una alabanza pública (vv. 9-12).
Solamente Jesucristo ha podido rezar este salmo con todo el alcance de sus palabras, ya que sólo Él ha podido decir que ha hecho siempre lo que agrada al Padre (cfr Jn 8,29). Al cristiano, las palabras de esta oración le hacen tomar una conciencia más profunda de la santidad en la que está llamado a vivir (cfr 1 Co 1,2; Ef 1,4; etc.).