COMENTARIO
La confesión de inocencia en el salmo anterior incluía acudir al Templo (cfr Sal 26,6-8); ahora se cantan el gozo y la salvación obtenidos allí (vv. 4-6). Antes se pedía a Dios que rescatase la vida (cfr 26,9-11); ahora se proclama que la vida está segura en Él (v. 1), en su Templo (v. 4) con Él en medio de los hombres (vv. 10-12).
En la primera parte del salmo se proclama la seguridad personal hallada en el Señor (vv. 1-6), y en la segunda se le dirige una encendida súplica pidiendo su intervención (vv. 7-12) y se vuelve a proclamar la confianza en Él (vv. 13-14). Aunque originariamente pudieran haber sido dos oraciones distintas, su unión en una sola indica el paso de la confianza a la petición.
Inicia el poema la afirmación, en forma de soliloquio y enfatizada en dos interrogaciones, de que el Señor es salvación y refugio (v. 1). Un refugio ante el que fracasan los ataques del enemigo (vv. 2-3) y que se encuentra precisamente en el Templo (vv. 4-6). La súplica, desarrollada quizá en el mismo Templo, pide al Señor que escuche cuando se le invoca (vv. 7-9); y, tras una breve reflexión que sirve para incentivar la oración (v. 10), se concreta en los bienes solicitados (vv. 11-12). Finalmente el salmista se reafirma a sí mismo en la esperanza (vv. 13-14).
La confianza contenida en las palabras: «El Señor es mi luz…» (v. 1), tiene para el cristiano una nueva referencia en las palabras de Jesús: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12: cfr Jn 1,9). Por otra parte, Cristo resucitado da el sentido pleno a la expresión «tierra de los vivos» (v. 13), pues es en el cielo donde está el verdadero Santuario de Dios (vv. 4-5; cfr Ap 7,15-16) y donde contemplaremos definitivamente su rostro.