COMENTARIO

 Sal 27,7-9 

La oración que se expresa con la voz (v. 7) brota de lo más íntimo del hombre que ansía ver el rostro de Dios, obtener su benevolencia —litúrgicamente en el Templo— (v. 8). San Agustín, comentando este salmo, escribe: «En lo escondido, donde solamente Tú lo oyes, te dijo mi corazón: Buscaré, Señor, tu rostro: perseveraré en esta búsqueda sin cansancio, a fin de amarte gratuitamente, pues nada encuentro más precioso que esto» (Enarrationes in Psalmos 26,8). Y San Anselmo, por su parte, exhorta: «Entra en el aposento de tu alma; excluye todo, excepto Dios y lo que pueda ayudarte para buscarle; y así, cerradas todas las puertas, ve en pos de Él. Di, pues, alma mía, di a Dios: Busco tu rostro; Señor, anhelo ver tu rostro. Y ahora, Señor, mi Dios, enseña a mi corazón dónde y cómo buscarte, dónde y cómo encontrarte. (…) Enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que Tú me enseñes, y no puedo encontrarte si Tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote te amaré» (Proslogion 1,97-100).

Volver a Sal 27,7-9