COMENTARIO

 Sal 28,6-7 

El orante sí comprende la acción divina en su propia vida —o por haber sido salvado de una desgracia o porque está seguro de que lo será—, y por eso bendice a Dios con la misma fuerza con que antes le suplicaba, manifestando la alegría y la paz que sólo le da la confianza en Él: «La paz, que lleva consigo la alegría, el mundo no puede darla. —Siempre están los hombres haciendo paces, y siempre andan enzarzados con guerras, porque han olvidado el consejo de luchar por dentro, de acudir al auxilio de Dios, para que Él venza, y conseguir así la paz en el propio yo, en el propio hogar, en la sociedad y en el mundo. —Si nos conducimos de este modo, la alegría será tuya y mía, porque es propiedad de los que vencen; y con la gracia de Dios —que no pierde batallas— nos llamaremos vencedores, si somos humildes» (S. Josemaría Escrivá, Forja, n. 102).

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