COMENTARIO
El Señor, Dios de Israel, es más que un dios de las tormentas, o de la lluvia, como se consideraba a Baal en la religión cananea, al que se dirigían himnos parecidos al de este salmo. El Señor domina las aguas (cfr Gn 1,2.6-10), es «rey eterno» (v. 10) y concede la paz a su pueblo (v. 11).
Los judíos recitan este salmo en la fiesta de Pentecostés recordando la voz del Señor que dio la Ley en el Sinaí (cfr Ex 19-20; Dt 5,2.22-23). La Iglesia lo recita en la fiesta del Bautismo del Señor, momento en que se dejó oír la voz del Padre. Los Santos Padres lo interpretaron como la promulgación del Evangelio tras la venida del Espíritu Santo en Pentecostés.