COMENTARIO
En el salmo anterior alababa al Señor alguien que, estando a punto de morir, había sido curado (cfr Sal 30,3-4); en éste manifiesta su confianza en Dios un hombre que, además de haber estado enfermo (vv. 8.10-11), ha sido abandonado de sus conocidos y perseguido por sus enemigos (vv. 12-14.16.18-19). Pero Dios ha escuchado la voz de su súplica (v. 24; cfr Sal 30,9; 28,2.6). Reuniendo expresiones y motivos comunes a otros salmos, Sal 31, como expresión de confianza en Dios, complementa al anterior en el que prevalecía la alabanza.
En esta oración pueden distinguirse tres partes según predominan los sentimientos de confianza (vv, 2-9), de súplica (vv. 10-19) o de reconocimiento de la bondad de Dios (vv. 20-26). Pero en cada una de ellas se entremezclan de hecho los distintos sentimientos. En la primera parte, las expresiones de confianza (vv. 2.4.5) alternan con las de petición de ayuda (vv. 2.3.5) y con las de reconocimiento a Dios por haber socorrido al salmista (vv. 6-9). La parte central (vv. 10-19) contiene una súplica ante la situación de desgracia del orante (vv. 10-14), manifiesta de nuevo la confianza en Dios (vv. 15-16), y vuelve a pedir la intervención divina (vv. 17-19). La parte final (vv. 20-26) recoge un nuevo reconocimiento de la bondad de Dios (vv. 20-21), una bendición al Señor por haber escuchado (vv. 22-23) y la invitación dirigida a todos a amar al Señor y esperar en Él (vv. 24-25). La confluencia de todos esos sentimientos en un mismo salmo, aunque pudiera parecer artificiosa, responde en realidad a la vida misma puesta en oración ante Dios.
La angustiosa situación humana referida en este salmo, que recuerda a la del profeta Jeremías, la experimentó, más que nadie, nuestro Señor Jesucristo en su pasión y muerte. Hizo suyas las palabras del v. 6 justo antes de expirar en la cruz (cfr Lc 23,46), dándonos a conocer que Dios es fiel, es el Padre que no iba a abandonar a su Hijo. Rescatado de la muerte y exaltado a la derecha del Padre, Cristo es también aquel en cuyas manos pone el cristiano su vida antes de morir, como hizo San Esteban, el primer mártir cristiano: «Señor Jesús, recibe mi espíritu» (Hch 7,59).