COMENTARIO
En el salmo anterior el salmista reconocía que la enfermedad de la que le había salvado el Señor era debida a su pecado (cfr 31,10-14), y ponía su vida en manos del Señor (cfr 31,16). Sal 32 centra la atención en cómo el Señor ha perdonado el pecado, y «su mano» ha cesado en el castigo (cfr v. 4). Los numerosos términos comunes entre ambos salmos hacen pensar que responden al mismo contexto: la acción de gracias en el Templo tras la curación de una enfermedad.
A la proclamación de la bienaventuranza —felicidad— del hombre que ha sido perdonado por Dios (vv. 1-2), sigue la oración del salmista que confiesa ante Dios su experiencia personal del perdón divino (vv. 3-7), y testimonia ante los demás lo que él ha escuchado de parte del Señor (v. 8). Termina con una exhortación a actuar con inteligencia y a alegrarse en el Señor (vv. 9-11).
Dios se muestra dispuesto a perdonar y a guiar a quien reconoce ante Él su pecado. No exige otra condición que confiar en Él y volver a Él. Nuestro Señor Jesucristo enseñará esto mismo con más fuerza aún en la parábola del hijo pródigo (cfr Lc 15,11-32).