COMENTARIO

 Sal 32,3-7 

El salmista narra su situación de sufrimiento físico y moral anterior a la presentación de su culpa ante Dios (vv. 3-4) y su reacción, motivada por aquel sufrimiento, para acudir a Él y encontrar su perdón (v. 5). Desde la propia experiencia, es consciente de que encuentran el perdón divino todos los fieles que recurren al Señor, por grande que sea la amenaza del castigo, que aquí, con la imagen de «aguas caudalosas» (v. 6), recuerda al diluvio (cfr Gn 7,5-24; Sal 18,17). Por eso mismo manifiesta a Dios su confianza en Él (v. 7). Para el cristiano, estas palabras muestran la situación angustiosa del alma en pecado y la necesidad de encontrar la paz en el sacramento de la Penitencia, en el que «contrición y conversión son (…) un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro de la propia verdad interior, turbada y trastornada por el pecado, una liberación en lo más profundo de sí mismo y, con ello, una recuperación de la alegría perdida, la alegría de ser salvados, que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo ha dejado de gustar» (S. Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 31).

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