COMENTARIO

 Sal 32,9-11 

No atender a las palabras del Señor recogidas en el versículo anterior, sería obrar sin inteligencia y permanecer en el sufrimiento (vv. 9-10). La alegría, en cambio, caracteriza a quien abre su corazón al Señor (v. 11).

La Iglesia tiene este salmo como el segundo de los penitenciales (cfr Sal 6); con él canta especialmente el perdón divino interiormente percibido por aquellos que han confesado sus pecados. En este sentido escribirá San Juan Crisóstomo: «¿Queréis que os recuerde los diversos caminos de penitencia? Hay ciertamente muchos, distintos y diferentes, y todos ellos conducen al cielo. El primer camino de penitencia consiste en la acusación de los pecados: Confiesa primero tus pecados, y serás justificado. Por eso dice el salmista: Propuse: “Confesaré al Señor mi culpa”, y Tú perdonaste mi culpa y mi pecado. Condena, pues, tú mismo, aquello en lo que pecaste, y esta confesión te obtendrá el perdón ante el Señor, pues, quien condena aquello en lo que faltó, con más dificultad volverá a cometerlo; haz que tu conciencia esté siempre despierta y sea como tu acusador doméstico, y así no tendrás quien te acuse ante el tribunal de Dios. Éste es un primer y óptimo camino de penitencia; hay también otro, no inferior al primero, que consiste en perdonar las ofensas que hemos recibido de nuestros enemigos, de tal forma que, poniendo a raya nuestra ira, olvidemos las faltas de nuestros hermanos; obrando así, obtendremos que Dios perdone aquellas deudas que ante él hemos contraído; he aquí, pues, un segundo modo de expiar nuestras culpas. Porque si perdonáis a los demás sus culpas —dice el Señor—, también vuestro Padre del cielo os perdonará a vosotros» (De diabolo tentatore 6).

Volver a Sal 32,9-11