COMENTARIO

 Sal 36,6-10 

De la bondad del Señor se canta primero su magnitud: abarca los cielos (v. 6) y, en la tierra (v. 7), es como las montañas más altas —«montes de Dios»— y el fondo del océano —«el profundo abismo»—, es decir, inconmensurable; alimenta y da vida —«salva» (v. 7)— a todo ser vivo. Después se canta la calidad de la bondad divina: su cuidadosa protección sobre cada hombre (v. 8), y la abundancia de sus bienes —naturales y sobrenaturales— que se conceden desde el Templo (v. 9). El punto culminante está en el v. 10, en el que habla la comunidad y proclama al Señor como el que le da la existencia y la guía en su conducta. En el Evangelio de San Juan, Cristo se revela como la fuente del agua que brota para la vida eterna (cfr Jn 4,10.14), y la luz que alumbra a todo hombre (cfr Jn 1,9).

Desde la revelación del Nuevo Testamento los Santos Padres leyeron la expresión «en tu luz vemos la luz» como referida a la generación del Hijo de la misma naturaleza que el Padre. Partiendo de que San Juan en su Primera Carta dice: «Dios es luz y en Él no hay tinieblas» (1,5), comenta Orígenes: «¿A quién llamaremos luz de Dios en la que uno ve la luz sino a la potencia de Dios por la que somos iluminados para conocer la verdad de todas las cosas y conocer al mismo Dios que es la verdad? Éste es, por tanto, el significado de la expresión en tu luz vemos la luz: en tu Palabra y en tu Sabiduría que es tu Hijo, en Él te veremos a ti, Padre» (De principiis 1,1,1). La visión beatífica consistirá precisamente en contemplar a Dios con la misma luz divina. Las almas de los santos ven a Dios «con una visión intuitiva y cara a cara, sin mediación de ninguna criatura que tenga razón de objeto visto, sino por mostrárseles la divina esencia de modo inmediato y desnudo, clara y patentemente y (…) viéndola así gozan de la misma divina esencia» (Benedicto XII, Benedictus Deus).

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