COMENTARIO

 Salmo 37 

En el salmo 35 un justo se lamenta del acoso que sufre por parte de sus enemigos, los impíos, y en el salmo 36 se indica la raíz de la maldad que les mueve: la falta de temor de Dios (36,2). Ahora el salmo 37 ofrece una reflexión sobre el poder y el éxito aparente que los impíos alcanzan en la vida. Han renunciado a obrar el bien (cfr Sal 36,4-5; 35,12) y, sin embargo, parece que les va bien (cfr Sal 37,7-16). A esta aparente contradicción responde Sal 37 ampliando la visión sobre el fracaso de los impíos (cfr Sal 36,13) y exhortando al justo a ser constante en hacer el bien (cfr Sal 37,3.21.27).

Comienza con una serie de recomendaciones dirigidas por un maestro a su discípulo exhortándole a la paciencia y a la confianza en Dios ante la prosperidad y el éxito de los malvados (vv. 1-11). Continúa con la descripción de la conducta de éstos y la de los justos, y la consideración de cómo trata el Señor a unos y a otros (vv. 12-26). De nuevo vuelve a exhortar a quien lo escucha y a darle motivaciones para que siga sus consejos (vv. 27-40): le exhorta a obrar bien (vv. 27-33), a esperar en el Señor (vv. 34-36) y a fijarse en los justos (vv. 37-40). Como Sal 34; 25; 9, también éste está construido siguiendo las letras del alfabeto hebreo, pero agrupando normalmente dos versículos en cada letra. El contenido de la primera (vv. 1-2) y la última letra (v. 40) muestra una antítesis que refleja la unidad literaria del salmo.

En este salmo el cristiano escucha la voz de Jesucristo que ha prometido la tierra, la vida eterna, a los mansos de corazón (cfr Mt 5,5), es decir, a quienes confían en Dios y no se irritan ante el actuar de los impíos. Dios hace partícipes de los bienes de su salvación —la tierra prometida— a aquellos que confían en Él y viven según sus mandatos, pero no a aquellos que usan la violencia y la injusticia para adueñarse de los bienes de la tierra.

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