COMENTARIO
Recurre a Dios pidiéndole ansiosamente que se manifieste cercano curándole. La forma de expresarse el salmista a lo largo y al final de su oración —«Señor, Dios mío» (vv. 22-23.16.10), «salvación mía» (v. 23)— refleja que en ella ha ido descubriendo más intensamente la cercanía de Dios que ya reconocía de forma indirecta al comienzo (cfr v. 3). Por eso, el salmo es un buen ejemplo de la eficacia de la oración perseverante, pues siempre es oída por Dios: «Tu deseo es tu oración; si el deseo es continuo, continua también es la oración. (…) Si tu deseo está en tu interior también lo está el gemido; quizá el gemido no llega siempre a los oídos del hombre, pero jamás se aparta de los oídos de Dios» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 37,13-14).
Junto a otros salmos en éste vemos que «el hombre del Antiguo Testamento vive la enfermedad de cara a Dios. Ante Dios se lamenta por su enfermedad (cfr Sal 38) y de Él, que es el Señor de la vida y de la muerte, implora la curación (cfr Sal 6,3; Is 38). La enfermedad se convierte en camino de conversión (cfr Sal 38,5; 39,9.12) y el perdón de Dios inaugura la curación (cfr Sal 32,5; 107,20; Mc 2,5-12)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1502).