COMENTARIO

 Sal 42,3-5 

La presencia de Dios que el orante anhela contemplar es, precisamente, lo que cuestionan sus adversarios al verle en medio del sufrimiento (v. 4) y de la enfermedad (v. 11). Es una pregunta insistente que pone a prueba al salmista, y que le lleva, al mismo tiempo, a recurrir al recuerdo de sus días felices en los que podía subir al Templo y gozar de la presencia del Señor (v. 5). «Ver el rostro de Dios» significa para el cristiano contemplar a la Santísima Trinidad: «Como ansía la cierva las corrientes de agua, así te ansía mi alma, Dios mío. Como la cierva del salmo busca las corrientes de agua, así también nuestros ciervos, que han salido de Egipto y del mundo, y han aniquilado en las aguas del bautismo al Faraón con todo su ejército, después de haber destruido el poder del diablo, buscan las fuentes de la Iglesia, que son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. (…) Esta triple fuente es la que busca el alma del creyente, el alma del bautizado, y por eso dice: Mi alma está sedienta de Dios, del Dios vivo. No es un tenue deseo el que tiene de ver a Dios, sino que lo desea con un ardor parecido al de la sed. Antes de recibir el bautismo, se decían entre sí: ¿Cuándo podré ir a ver el rostro de Dios? Ahora ya han conseguido lo que deseaban: han llegado a la presencia de Dios y se han acercado al altar y tienen acceso al misterio de salvación» (Autor incierto, In psalmum XLI, ad neophytos).

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