COMENTARIO

 Sal 42,9-11 

En su situación dolorosa y pensando en el Señor (v. 8), el salmista mantiene la esperanza (v. 9) y ésta le mueve a la oración (v. 10). El texto hebreo del v. 9 es oscuro: en vez de «su canto», muchas versiones proponen «mi canto». Ambas interpretaciones tienen sentido. «Su canto», en paralelismo con «su misericordia», indica la alegría de la salvación que le otorgó el Señor, y que le acompaña en la oración ininterrumpida —«día», «noche»—. Las palabras con las que el salmista piensa dirigirse a Dios (v. 10) —y con las que, en efecto, se dirigirá mas adelante (cfr Sal 43,2)— relacionan su situación de amargura y opresión con el «olvido» de parte de Dios, puesto en contraste con el «recuerdo» que él tiene (vv. 5.7). Es una forma de llamar la atención del Señor y urgirle a intervenir. La expresión «Dios de mi vida» (v. 9) implica el reconocimiento de que es Dios quien hace vivir y llena de sentido la vida del salmista. De ahí que la oración haya de ser continua: «Una oración al Dios de mi vida (Sal 42,9). Si Dios es para nosotros vida, no debe extrañarnos que nuestra existencia de cristianos haya de estar entretejida en oración. Pero no penséis que la oración es un acto que se cumple y luego se abandona. El justo encuentra en la ley de Yavé su complacencia y a acomodarse a esa ley tiende, durante el día y durante la noche (Sal 1,2). Por la mañana pienso en ti (cfr Sal 42,7); y, por la tarde, se dirige hacia ti mi oración como el incienso (cfr Sal 91,2). Toda la jornada puede ser tiempo de oración: de la noche a la mañana y de la mañana a la noche. Más aún: como nos recuerda la Escritura Santa, también el sueño debe ser oración (cfr Dt 6,6 y 7)» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 119).

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