COMENTARIO

 Sal 44,24-27 

Con la proclamación de inocencia y la atribución a Dios de los males que padece el pueblo se pretende moverle a que actúe en su favor: a que no olvide su desgracia (v. 25) puesto que ellos no han olvidado su nombre (v. 21). Le suplican porque siguen creyendo en aquel amor divino (v. 27) que da explicación de las victorias de sus antepasados (v. 4). La petición final entraña un acto de fe en que Dios es fiel a la Alianza y a sí mismo, a pesar de que las circunstancias presentes no lo manifiesten.

La súplica de la benevolencia divina se resume en la petición del salmista del v. 25. Ver el rostro de Dios es darse cuenta de que la oración ha sido escuchada y, por tanto, de que ya no hay motivos de aflicción: «¿Por qué escondes tu rostro? Cuando estamos afligidos por algún motivo nos imaginamos que Dios nos esconde su rostro, porque nuestra parte afectiva está como envuelta en tinieblas que nos impiden ver la luz de la verdad. En efecto, si Dios atiende a nuestro estado de ánimo y se digna visitar nuestra mente, entonces estamos seguros de que no hay nada capaz de oscurecer nuestro interior. Porque, si el rostro del hombre es la parte más destacada de su cuerpo, de manera que cuando nosotros vemos el rostro de alguna persona es cuando empezamos a conocerla, o cuando nos damos cuenta de que ya la conocíamos, ya que su aspecto nos lo da a conocer, ¿cuánto más no iluminará el rostro de Dios a los que Él mira?» (S. Ambrosio, Enarrationes in XII Psalmos 43,87).

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