COMENTARIO
En el salmo anterior la mirada se fijaba en Jerusalén, a la que la presencia de Dios daba esplendor y seguridad (cfr Sal 46,5-7); ahora se fija en Dios: es el rey de toda la tierra y de todos los pueblos. A Dios como rey ya se le aclamaba en Sal 24, y se le volverá a aclamar en Sal 93-100. En Sal 47 la aclamación de la realeza de Dios viene unida a la contemplación de la gloria de Jerusalén (cfr Sal 46), y a su reconocimiento por los demás pueblos (Sal 47,10).
Está estructurado sobre dos invitaciones a la alabanza (vv. 2.7) seguidas de sus motivaciones (vv. 3-6; 8-10): primero se invita a los pueblos a aclamar al Dios de Israel porque es rey de toda la tierra, ha elegido a Israel y ha hecho presente su gloria en el Templo (vv. 3-6); después se invita a la alabanza litúrgica, porque siendo rey de todas las naciones hace que éstas se unan al pueblo de Israel (vv. 8-10).
La alabanza contenida en este salmo la hace suya el cristiano con más fuerza pensando en la realeza de Cristo y en la congregación en la Iglesia de gentes de toda lengua, raza y nación.