COMENTARIO

 Sal 47,7.8-10 

En consecuencia con lo anterior, es en el Templo donde resuena la invitación a alabar al Dios de Israel como rey de toda la tierra, y a hacerlo con «el himno más bello» —literalmente, «salmo compuesto con sabiduría»— (v. 8), porque allí está su santo trono, el Arca (v. 9). Por esto mismo todos los pueblos, representados en sus «príncipes» o «poderosos» —literalmente, «escudos»— (v. 10) se unen a la alabanza que tributa a Dios el pueblo en el que Él ha cumplido sus promesas: «El pueblo del Dios de Abrahán» (cfr Is 2,2-5; 56,7).

La Iglesia apostólica vio las palabras del v. 6 cumplidas en la Ascensión de Cristo a los cielos (cfr Hb 9,24-28; 10,19-23; Hch 1,1-11), y por eso posteriormente emplea este salmo en la fiesta de la Ascensión del Señor a los Cielos, profesando su fe en que Cristo ejerce así su reinado universal. Este reinado universal de Cristo trasciende los reinos de este mundo, y la Iglesia, al proclamarlo, contribuye a que todas las naciones de la tierra alcancen su destino: «El Reino de Cristo no es de este mundo (cfr Jn 18,36). Por eso, la Iglesia, o Pueblo de Dios, al hacer presente este Reino no quita ningún bien temporal a ningún pueblo. Al contrario, ella favorece y asume las cualidades, las riquezas y las costumbres de los pueblos en la medida que son buenas, y al asumirlas, las purifica, las desarrolla y las enaltece. La Iglesia, en efecto, recuerda que su misión es congregar a las naciones con aquel Rey que las recibió en herencia (cfr Sal 2,8) y a cuya ciudad traen regalos y dones (cfr Sal 71 [72],10; Is 60,4-7; Ap 21,24). Este carácter de universalidad que distingue al Pueblo de Dios es un don del mismo Señor. Gracias a este carácter, la Iglesia católica tiende siempre y eficazmente a reunir a la humanidad entera con todos sus valores, bajo Cristo como Cabeza, en la unidad de su Espíritu» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 13).

La liturgia judía recita este salmo en la fiesta del Año Nuevo —Rosh Hasanah—.

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