COMENTARIO
La proclamación de la grandeza y eternidad de Dios (vv. 2.15) brota de la experiencia del pueblo en el pasado, conocida por tradición, y la que tiene en el presente, celebrada en la liturgia en el Templo. Es posible que las palabras de este versículo sean una especie de antífona pronunciada por la comunidad tras haber escuchado la narración anterior.
Entendiendo que la verdadera «ciudad de Dios» es la Iglesia, San Agustín aplica a ella directamente las palabras de este versículo: «Como lo habíamos oído, así lo hemos visto. ¡Oh bienaventurada Iglesia! En un tiempo oíste, en otro viste. Oíste en tiempo de las promesas, viste en el tiempo de su realización; oíste en el tiempo de las profecías, viste en el tiempo del Evangelio. En efecto, todo lo que ahora se cumple había sido antes profetizado. Levanta, pues, tus ojos y esparce tu mirada por todo el mundo; contempla la heredad del Señor difundida ya hasta los confines del orbe» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 47,7).