COMENTARIO

 Salmo 49 

Tras haber contemplado la hermosura y seguridad de Jerusalén (cfr Sal 46; 48) y la presencia de Dios en ella (cfr Sal 47), el grupo de salmos de los hijos de Coré termina centrando la atención en el hombre concreto. A él se dirige ahora una enseñanza derivada de la fe en la presencia de Dios en Sión: la seguridad de los individuos no está en su riqueza sino en la confianza en el Señor. La enseñanza va dirigida a todos los hombres (v. 2), pues el Dios de Israel es Rey de todos los pueblos y de toda la tierra (cfr 46,9.11; 47,2.4.9-10; 48,3.11).

El salmista comienza invitando a todos los hombres a escuchar su enseñanza (vv. 2-5), y a continuación la expone (vv. 6-21). Ésta se condensa en la frase repetida a modo de estribillo en los vv. 13 y 21, que sirve de punto final a las dos grandes reflexiones que presenta. La primera manifiesta la serenidad de ánimo del salmista ante los ricos y opulentos que le ponen insidias y confían en sus propias fuerzas, pues la vida no depende ni de las riquezas ni de la sabiduría ni de la fama del nombre (vv. 6-12). En la segunda contrasta la suerte de aquéllos con la suya propia (vv. 14-16), e invita a la serenidad ante el enriquecimiento de algunos, pues, al morir, nada de su riqueza podrán llevar consigo (vv. 17-20).

La enseñanza de este salmo sobre la vida y las riquezas es recogida por nuestro Señor Jesucristo: nadie puede añadir un codo a su estatura (cfr Mt 6,27), ni de nada sirve el hombre ganar todo el mundo si pierde su vida (cfr Mt 16,26); los bienes recibidos en vida por el rico sin misericordia de nada le sirven tras la muerte (cfr Lc 12,13-21).

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