COMENTARIO
En el salmo anterior, un sabio invitaba a todos los pueblos a escucharle (cfr Sal 49,2-3); en éste es Dios quien invita a hacerlo a su pueblo, poniendo como testigos cielo y tierra, pues es Señor de ambos (Sal 50,4). La belleza de Sión, cantada en los salmos anteriores (cfr Sal 46; 48) es el marco en el que el Señor se manifiesta y deja oír su voz (Sal 50,2.7). Quizás por este motivo el salmo 50 ha sido separado del grupo de salmos atribuidos a Asaf (Sal 73-83) e introducido en este lugar. La belleza de Sión por la presencia de Dios en ella exige la santidad de los miembros del pueblo.
Comienza el poema describiendo la manifestación de Dios que va a hablar a su pueblo (vv. 1-6). Habla el Dios de cielos y tierra que habita en Sión (vv. 1-2), y su voz resuena convocando a su pueblo (vv. 3-6). Después viene la locución divina a modo de un oráculo (vv. 7-23). Tras invitar al pueblo a escuchar (v. 7), le habla de los sacrificios de animales que, aunque Él no los necesita (vv. 8-13), los acepta como alabanza (vv. 14-15); luego corrige la conducta hipócrita de quienes no cumplen sus mandamientos aunque los proclaman (vv. 16-22); y termina mostrando su aceptación de los sacrificios sinceros y de la conducta recta (v. 23).
Las advertencias que el Dios de la Alianza hace a su pueblo en este salmo quedan recogidas en las palabras de Jesús a sus discípulos: «No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos» (Mt 7,21).