COMENTARIO
Las promesas que el salmista hace a Dios son consecuencia de que se le ha concedido lo que pide: conocimiento de los preceptos divinos (v. 15; cfr v. 8); liberación de la enfermedad, o de los enemigos —«la sangre»—, para que brille la justicia divina (v. 16); manifestación de argumentos para poder hablar y proclamar alabanzas —«abre mis labios» (v. 17)—; y un espíritu de contrición por el que el mismo salmista es la ofrenda agradable a Dios (vv. 18-19).