COMENTARIO

 Sal 51,20-21 

Una petición semejante a la que el salmista ha pedido para sí, pide ahora para Jerusalén. Suplicar que sean reconstruidos los muros de la ciudad puede reflejar la situación de su destrucción por Nabucodonosor en tiempos de Jeremías y Ezequiel. Los sacrificios en el Templo sólo serán agradables a Dios cuando Él reconstruya la ciudad santa, de manera análoga a como el hombre sólo es agradable al Señor cuando Él le crea un corazón nuevo.

En la liturgia cristiana Sal 51 ha sido el salmo penitencial por excelencia, el Miserere, pues sus palabras, además de ser una petición de perdón, sirven para reconocer la profundidad con la que el pecado arraiga en la vida humana desde su mismo origen —pecado original (v. 7)—, y para pedir a Dios que nos haga una nueva creación (cfr 2 Co 5,17-19). «El pecado está presente en la historia del hombre: sería vano intentar ignorarlo o dar a esta oscura realidad otros nombres. Para intentar comprender lo que es el pecado, es preciso en primer lugar reconocer el vínculo profundo del hombre con Dios, porque fuera de esta relación, el mal del pecado no es desenmascarado en su verdadera identidad de rechazo y oposición a Dios, aunque continúe pesando sobre la vida del hombre y sobre la historia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 386).

San Agustín, comentando este salmo, escribe: «Yo reconozco mi culpa, dice el salmista. Si yo la reconozco, dígnate Tú perdonarla. No tengamos en modo alguno la presunción de que vivimos rectamente y sin pecado. Lo que atestigua a favor de nuestra vida es el reconocimiento de nuestras culpas. (…) Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. El que así ora no atiende a los pecados ajenos, sino que se examina a sí mismo, y no de manera superficial, como quien palpa, sino profundizando en su interior. No se perdona a sí mismo, y por esto precisamente puede atreverse a pedir perdón. (…) Mi sacrificio es un espíritu quebrantado; un corazón quebrantado y humillado, Tú no lo desprecies. Éste es el sacrificio que has de ofrecer. No busques en el rebaño, no prepares navíos para navegar hasta las más lejanas tierras a buscar perfumes. Busca en tu corazón la ofrenda grata a Dios. El corazón es lo que hay que quebrantar. Y no temas perder el corazón al quebrantarlo, pues dice también el salmo: Oh Dios, crea en mi un corazón puro. Para que sea creado este corazón puro, hay que quebrantar antes el impuro. Sintamos disgusto de nosotros mismos cuando pecamos, ya que el pecado disgusta a Dios. Y, ya que no estamos libres de pecado, por lo menos asemejémonos a Dios en nuestro disgusto por lo que a Él le disgusta» (Sermones 19,2-3).

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