COMENTARIO
Frente al hombre que, en el salmo anterior, reconocía su pecado, está el que se gloría en su maldad tal como es presentado en este salmo (Sal 52,3). Es el que, a pesar de la advertencia divina (cfr Sal 50,19), sigue urdiendo males con su lengua (cfr Sal 52,4); por eso, conforme se anunciaba en Sal 50,22, su destino será su destrucción (Sal 52,7), pues ha confiado en su riqueza (cfr Sal 49,7; 52,9). Estas conexiones con los salmos anteriores explican la inserción de Sal 52 en este lugar. Por otro lado, Sal 52 tiene un parecido con Sal 1, en cuanto pone en contraste la suerte del impío y la del justo (Sal 1,3: 52,10; 1,4: 52,7). De esta forma la oración al hilo de los salmos lleva a la meditación sobre el destino final del hombre según su actitud y su conducta (Sal 52,10).
Comienza con la recriminación a un hombre por su conducta traicionera (vv. 3-6) y el anuncio de su destrucción por Dios (v. 7). Después se proclama la reacción gozosa de los justos por ello (vv. 8-9); y, finalmente, el salmista expresa sus sentimientos de confianza en Dios y la alabanza de su Nombre (vv. 10-11).
En el título el salmo viene atribuido a David, que lo habría pronunciado cuando Doeg, un siervo de Saúl, denunció ante éste al sacerdote Ajimélec por haber ayudado a David (cfr 1 S 21,8-10). Como consecuencia, Saúl mandó darle muerte y el mismo Doeg ejecutó la sentencia (cfr 1 S 22,9-18). Bien podían, pues, aplicarse las palabras del salmo al traicionero Doeg y ver en el «yo» del v. 10 a David. Sin embargo, el poema no responde a aquella situación, ya que supone la existencia del Templo (v. 10). Más bien refleja una temática siempre presente: la actitud del hombre que prefiere el mal al bien (v. 5). Esta actitud encuentra su punto culminante en el rechazo consciente a Jesucristo y a su mensaje, tal como leemos en el Evangelio de San Juan: «Éste es el juicio: que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (Jn 3,19).