COMENTARIO

 Salmo 55 

A los «soberbios», que atentan contra la vida del orante según el salmo anterior (cfr Sal 54,5), se suma ahora el «amigo» (vv. 13-15). En Sal 50,19-20, Dios recriminaba al que urdía contra su hermano, ahora es el propio salmista el que lo experimenta en su vida (v. 22). Es el hombre de lengua traicionera de Sal 52,5. La destrucción que Dios anunciaba para aquél (cfr Sal 50,22), y se pedía en Sal 54,7, viene concretada ahora en Sal 55 (vv. 16.24). En este salmo, por tanto, están desarrollados los sentimientos contenidos en los salmos anteriores.

La oración comienza con una apelación a Dios para que escuche (v. 2-3a), y pasa a exponer la opresión que sufre el salmista (vv. 3b-6). Hablando consigo mismo expresa su deseo de encontrar descanso lejos (vv. 7-9), y pide al Señor que confunda a sus enemigos (vv. 10-12). Después se lamenta del agravio que recibe de su amigo (vv. 13-15), deseando que aquéllos y éste desaparezcan (v. 16). Luego expone su actitud de súplica y de esperanza en Dios (vv. 17-20) y la maldad de sus adversarios (vv. 21-22), invitando al lector a acudir al Señor (v. 23). Concluye dirigiéndose de nuevo a Dios y expresándole su confianza (v. 24). Así la expresión de confianza al final del salmo (v. 24e) enlaza con la petición inicial (v. 2). La agitación interior del salmista queda reflejada en el reiterado cambio de la dirección del discurso.

El sufrimiento que se manifiesta en este salmo lo experimentó de forma eminente nuestro Señor Jesucristo cuando Judas Iscariote, uno de sus discípulos —«compañero», «confidente» (v. 14)— tramó contra él (cfr Mt 26,21-24; Jn 13,18-19; Sal 41,10). Como el salmista, también Jesús clamó a Dios para que le salvara (cfr Hb 5,7-9) y también nos enseñó a orar incesantemente sin descanso (cfr v. 18; Lc 18,6-8).

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