COMENTARIO
Continúa la oración del salmo anterior con el que éste coincide en las palabras iniciales (cfr Sal 56,2; 57,2). En aquél la seguridad del orante estaba en la promesa divina (cfr 56,5.11-12); en éste se apoya en la omnipotencia de Dios (vv. 3.6.12). La esperanza del retroceso de los enemigos cantada en Sal 56,10, se proclama cumplida en Sal 57,7.
Comienza con una súplica en la que se expresa la confianza en Dios (v. 2), seguida del motivo por el que la hace (vv. 3-4). Enseguida, el salmista, pasa a manifestar la situación insoportable en la que se encuentra (v. 5), y desde la que clama al Dios de cielos y tierra (v. 6). Después, como en una segunda parte de la oración, viene el reconocimiento de que Dios le ha salvado (v. 7), y la promesa de alabarle por su misericordia (vv. 8-11), para concluir con el mismo clamor del v. 6 al Dios de cielos y tierra (v. 12).
En el título que le acompaña, este salmo es presentado como recitado por David cuando Dios puso a su alcance a Saúl en una cueva (1 S 24,4-8). David no quiso dar muerte al rey pudiendo hacerlo, pero aquel suceso le confirmó su persuasión de gozar de la protección divina y de que la caída de Saúl estaba cerca. La proyección del salmo a aquellas circunstancias indica que se trata de una oración transida de esperanza y de firmeza en la cercanía de la salvación (cfr v. 8), porque se perciben ya los indicios de su llegada. Esto hace que la oración se intensifique: «Álzate… oh Dios» (vv. 6.12). El cristiano reza este salmo desde la fe en nuestro Señor Jesucristo, que proclamó que la llegada del Reino de Dios estaba cerca y lo manifestó con sus obras y su presencia (cfr Mt 12,18; Mc 1,15). Y también nos enseñó a pedir a Dios: «Venga tu Reino…» (Mt 6,10).