COMENTARIO
La petición del salmo anterior —«Álzate… oh Dios» (cfr Sal 57,6.12)— se concreta en éste a propósito de los que «se alzan» a sí mismos —«poderosos»— en la tierra (Sal 58,2). Ni los jueces con su poder serán capaces de hacer nada contra el que confía en el Señor (cfr Sal 56,5.12); también sobre ellos recae el juicio divino (cfr Sal 50,4.16). Puesto que estos temas ya se encuentran en los salmos anteriores, Sal 58 se presenta como reafirmación de la confianza en el Señor por parte del hombre que le teme.
Comienza con una acusación a los jueces de su falta de justicia (vv. 2-3), y describe a continuación la perversidad de sus acciones (vv. 4-6). Después pide a Dios que éstos fracasen en sus proyectos (vv. 7-9) y augura su inmediata destrucción (v. 10), que contrasta con la alegría del justo (vv. 11-12). El salmo está enmarcado en la idea de «hacer justicia», ausente en los jueces inicuos (v. 2) y propia de Dios que también les juzga a ellos (v. 12).
La imagen del juez inicuo, que no teme a Dios ni a los hombres, es recogida por nuestro Señor Jesucristo como tipo del hombre poderoso que desoye el clamor del pobre que busca justicia (cfr Lc 18,2-8). Pero a diferencia del tono del salmo, en la enseñanza de Jesús ese juez aún puede ser movido por la constancia de la petición del humilde.