COMENTARIO
Los bienes mencionados en los vv. 4-6 se piden ahora para el rey; petición que, si bien algunos han considerado una inserción posterior en el salmo, tal como aparece puede significar que el salmista ve su suerte unida de algún modo a la del rey. Que éste tenga larga vida y que reine —«esté sentado»— en la presencia del Señor es como la garantía de que el salmista también la tendrá. De ahí la promesa de alabanza con la que concluye la oración (v. 9).
Atendiendo a la literalidad de las palabras del salmo, San Agustín lo leía como cumplido en la Iglesia, donde un solo hombre, Cristo, reza en todos los lugares de la tierra: «Dios mío, escucha mi clamor, atiende a mi súplica. ¿Quién es el que habla? Parece que sea uno solo. Pero veamos si es uno solo: Te invoco desde los confines de la tierra con el corazón abatido. Por lo tanto, si se invoca desde los confines de la tierra, no es uno solo; y, sin embargo, es uno solo, porque Cristo es uno solo, y todos nosotros somos sus miembros. ¿Y quién es ese único hombre que clama desde los confines de la tierra? Los que invocan desde los confines de la tierra son los llamados a aquella herencia, a propósito de la cual se dijo al mismo Hijo: Pídemelo: te daré en herencia las naciones, en posesión, los confines de la tierra. De manera que quien clama desde los confines de la tierra es el cuerpo de Cristo, la heredad de Cristo, la única Iglesia de Cristo, esta unidad que formamos todos nosotros» (Enarrationes in Psalmos 60,2-3).