COMENTARIO
Culminan aquí las alabanzas iniciadas en Sal 65, ya que en Sal 68 convergen los recuerdos de las hazañas del Señor en el pasado (cfr Sal 66,5-12), la contemplación de su presencia en el Templo (cfr Sal 65,2.5), y la consideración de su señorío sobre toda la tierra y todos los pueblos (Sal 65,9; 66,1; 67,3-6). La oración de alabanza encuentra un momento culminante en este salmo.
Es un canto complejo en el que no se aprecia una estructura clara. Comienza, a modo de introducción, proclamando el poder de Dios frente a sus enemigos (vv. 2-4); continúa cantando cómo se ha manifestado ese poder (cuerpo del salmo, vv. 5-32); y concluye invitando a reconocerlo en el Cielo y en el Templo (vv. 35-36). El recuerdo de la manifestación del poder divino se entremezcla con invitaciones a la alabanza (vv. 5.27.33) y con expresiones laudatorias dirigidas a Dios (vv. 10.11.19.25.29-31).
El cuerpo del salmo se inicia proclamando que el Dios de los Cielos está presente en el Templo desde donde protege al débil (vv. 5-7); es el Dios del Sinaí que guió a su pueblo por el desierto a la tierra prometida, dispersando pueblos enemigos (vv. 8-15); es el que quiso habitar en el monte Sión (vv. 16-19), desde donde cuida de su pueblo (vv. 20-24). Allí, en el Santuario, le aclaman las tribus de Israel (vv. 25-28), y desde allí hace fuerte a su pueblo y atrae a los reyes y naciones de la tierra (vv. 29-32). Este salmo pudo haber sido un canto procesional (vv. 25-28) que recogía piezas de tradición antigua similares a las citadas en Ex 15,1-21, Jc 5,1-31 y Ha 3,1-19, y que fue desarrollándose con el paso del tiempo.
La alabanza que el antiguo Israel dirigía a Dios en este salmo recordando su historia y contemplando el Templo de Jerusalén, el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, la dirige a Jesucristo recordando su entrada en el Santuario del Cielo (cfr Hb 4,14-16; 7,26; 8,1; etc.). En Cristo, ascendido a los Cielos, tiene su culminación el señorío de Dios que, en otro tiempo, se manifestaba en el Templo de Jerusalén.