COMENTARIO

 Sal 69,6-13 

Aunque inocente frente a sus enemigos (v. 4), el salmista se reconoce, sin duda a causa de su desgracia, culpable ante Dios (vv. 6-7), y pide ante todo que los piadosos como él —«los que esperan en Ti» (v. 7)— no queden confundidos por los impíos que se burlan ante la piedad y penitencia de un hombre que sufre (vv. 8-13). La piedad del salmista se refleja en su amor al Templo, por lo que se convierte en blanco de los que desprecian el lugar santo y la presencia de Dios en él (v. 10). Las palabras del v. 10 —«el celo de tu Casa me devora»— las vieron cumplidas los discípulos de Jesús cuando éste manifestó su piedad hacia el Templo echando de él a los mercaderes (cfr Jn 2,17). «Jesús subió al Templo como al lugar privilegiado para el encuentro con Dios. El Templo era para Él la casa de su Padre, una casa de oración, y se indigna porque el atrio exterior se haya convertido en un mercado (Mt 21,13). Si expulsa a los mercaderes del Templo es por celo hacia las cosas de su Padre: “No hagáis de la Casa de mi Padre una casa de mercado”. Sus discípulos se acordaron de que estaba escrito: “El celo por tu Casa me devorará” (Sal 69,10; Jn 2,16-17). Después de su Resurrección, los Apóstoles mantuvieron un respeto religioso hacia el Templo (cfr Hch 2,46; 3,1; 5,20.21; etc.)». (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 584).

San Pablo se apoya en las siguientes palabras del v. 10 —«las afrentas de los que te afrentan caen sobre mí»— para iluminar el sentido de los sufrimientos de Cristo que cargó sobre Él el peso de los pecados de los hombres, y para proponerlo como ejemplo a sus discípulos que «debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no complacernos a nosotros mismos» (Rm 15,1).

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