COMENTARIO
En los tres salmos anteriores el salmista pedía para él el auxilio divino (Sal 69-71); ahora se pide para el rey y su reinado. Se cierra así la segunda parte del libro de los Salmos, con una mirada a toda la comunidad y a todas las naciones. En Sal 71 se apelaba a la justicia —salvación— de Dios (cfr Sal 71,2) y se la proclamaba (cfr Sal 71,15.19.24). Es la misma justicia que ahora se pide para el rey (Sal 72,1). Mediante ella Dios librará al pobre y desvalido (Sal 72,12-14; cfr Sal 69,3-4; 70,6; 71,9). La sucesión de estos salmos manifiesta la convicción de que Dios envía su auxilio a través de su ungido, el rey.
Comienza con la petición de que Dios conceda al rey su juicio y su justicia (v. 1), y sigue exponiendo los bienes que el salmista desea que acompañen el reinado (vv. 2-17): la equidad y la justicia dentro del pueblo (vv. 2-4); larga duración y amplitud geográfica (vv. 5-8); el reconocimiento del rey y la sumisión a él de todos los pueblos (vv. 9-11); la defensa del débil (vv. 12-14); larga y próspera vida del rey, abundancia en el país y fama eterna (vv. 15-17). Concluye con la solemne doxología que marca el final de la segunda parte del libro de los Salmos (vv. 18-19) y, al final, trae una curiosa anotación editorial (v. 20).
Aunque atribuido en el título a Salomón, esta composición puede responder a la ceremonia de entronización del rey en época posterior, quizás la de Isaías (s. VIII a.C.) o la de Josías (s. VII a.C.). Presenta un rey y un reinado ideales que la tradición judía atribuyó al Mesías. El cumplimiento de este salmo en Jesucristo subyace en la adoración de los Magos (vv. 10.15; cfr Mt 2,1-12), y en la universalidad de la salvación que Él trae como Rey Mesías. Por este motivo, la Iglesia emplea este salmo en la solemnidad de la Epifanía del Señor.