COMENTARIO
Es el primero de los del grupo de salmos de Asaf y guarda cierto paralelismo con Sal 1, con el que se inicia el salterio. Presenta de nuevo, a modo de introducción, la suerte del justo y del impío, invitando a seguir el ejemplo del salmista que, a pesar de todo, se decide por Dios. Es la verdadera sabiduría que va guiando constantemente al lector del libro de los Salmos (cfr Sal 37; 49).
El poema se inicia con la proclamación de la bondad de Dios hacia su pueblo y sus fieles (v. 1); luego narra la experiencia personal del orante (vv. 2-27), y concluye con el testimonio de que para él lo bueno es estar junto a Dios (v. 28). La experiencia que narra el salmista es que estuvo a punto de apartarse de Dios al sentir envidia hacia los impíos (vv. 2-3), cuyo éxito y mal comportamiento describe a continuación (vv. 4-12). Cuenta cómo se planteó el sentido de su propia rectitud (vv. 13-14), pero, no pudiendo actuar como aquéllos, profundizó en los designios divinos (vv. 15-17). Entonces comprendió el destino que espera a los impíos (vv. 18-20) y la insensatez de su envidia hacia ellos (vv. 21-22), pues a él le sostiene y le sostendrá siempre el Señor (vv. 23-26), mientras que quien se aleja de Él se perderá (v. 27).
Jesús declaró bienaventurados a los limpios de corazón porque ellos verán a Dios (cfr Mt 5,8). Así se manifiesta la bondad de Dios hacia éstos, tal como es proclamada al inicio de este salmo. La esperanza del salmista en que Dios le acoja en su gloria (v. 24) y en estar con Él (vv. 25.28), adquiere todo su sentido en la bienaventuranza de Jesús de «ver a Dios»: «Nos invita a purificar nuestro corazón de sus malvados instintos y a buscar el amor de Dios por encima de todo. Nos enseña que la verdadera dicha no reside ni en la riqueza o el bienestar, ni en la gloria humana o el poder, ni en ninguna obra humana, por útil que sea, como las ciencias, las técnicas y las artes, ni en ninguna criatura, sino sólo en Dios, fuente de todo bien y de todo amor» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1723).