COMENTARIO
Se vuelven a hacer presentes los interrogantes del justo en su aflicción. Con ellos se iniciaba la tercera parte del libro de los Salmos y el grupo de los salmos de Asaf (cfr Sal 73,16; 77,3-10). Pero ahora el punto de partida no es la tentación de pensar que el Señor ha abandonado a los suyos (cfr Sal 73,2-3), sino la oración confiada en medio de la tribulación (Sal 77,2). En Sal 74,13-17 la confianza se apoyaba en la acción de Dios en la creación, en Sal 75,3-6 en la palabra del Señor, y en Sal 76,4-7 en la liberación de Jerusalén; ahora se apoya en el recuerdo de la liberación de Egipto (77,15-21). Van así apareciendo los motivos fundamentales que sustentan la confianza en Dios.
La oración, anunciada a modo de introducción en el v. 2, tiene dos momentos: el de la reflexión nocturna del salmista buscando a Dios en su desgracia (vv. 2-11), y el del reconocimiento —dirigiéndose a Dios mismo— de las maravillas que obró en favor de su pueblo (vv. 12-21). En el primer momento el salmista expresa ante todo su dolor (vv. 3-5), y después su queja de que el Señor le ha olvidado (vv. 6-11). En el segundo, proclama la santidad y la grandeza de Dios (vv. 12-14) que ha mostrado su poder sobre las naciones y sobre la naturaleza para salvar a su pueblo (vv. 15-21).
El grito del salmista en medio de su tribulación, diciendo a Dios: «Tu camino es santo» (v. 14), prepara la oración de Jesús que, en su pasión, oró al Padre diciendo: «No se haga mi voluntad sino la tuya» (cfr Lc 22,42). El cristiano, siguiendo la enseñanza de Jesús, ora también diciendo «hágase tu voluntad» (Mt 6,10). La manifestación del poder de Dios en favor de su pueblo incluye también la resurrección de Cristo de entre los muertos (cfr Mt 28,3; Ef 1,18-23).