COMENTARIO

 Sal 77,15-21 

Se presenta una visión épica y teologizada de los episodios del Mar Rojo, del Sinaí y de la salvación del pueblo elegido. «Hijos de Jacob y de José» (v. 16) es una expresión que sólo aparece aquí: significa el conjunto del pueblo.

El nuevo pueblo de Dios, la Iglesia, se sabe guiado no por Moisés ni Aarón hacia una tierra, sino por Cristo a la patria celestial: «Nos hemos convertido, por tanto, en pueblo adquirido por Dios en virtud de la sangre de nuestro Redentor, como en otro tiempo el pueblo de Israel fue redimido de Egipto por la sangre del cordero. Porque así como los que fueron liberados por Moisés de la esclavitud egipcia cantaron al Señor un canto triunfal después que pasaron el Mar Rojo, y el ejército del Faraón se hundió bajo las aguas, así también nosotros, después de haber recibido en el bautismo la remisión de los pecados, hemos de dar gracias por estos beneficios celestiales. En efecto, los egipcios, que afligían al pueblo de Dios, y que por eso eran como un símbolo de las tinieblas y aflicción, representan adecuadamente los pecados que nos perseguían, pero que quedan borrados en el bautismo. La liberación de los hijos de Israel, lo mismo que su marcha hacia la patria prometida, representa también adecuadamente el misterio de nuestra redención: caminamos hacia la luz de la morada celestial, iluminados y guiados por la gracia de Cristo. Esta luz de la gracia quedó prefigurada también por la nube y la columna de fuego; la misma que los defendió, durante todo su viaje, de las tinieblas de la noche, y los condujo, por un sendero inefable, hasta la patria prometida» (S. Beda, Expositio super Epistulas Petri 2).

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